¡Eres una Ruiz Oria! Ekaitza, tus apellidos siempre han estado vinculados a la iluminación de occidente. No puedes estar pensando en un cambio tan radical.

Mi familia es así, vascos internacionales, de salud férrea y resistentes al cambio. Cada vez que comento la idea de cambiar el sistema eléctrico de mi casa, alguien nombra la historia de nuestra familia y, sobre todo, a nuestro antecesor Martitz. Martitz Ruiz Oria, que participó en la caza de la última ballena para el uso de su aceite en iluminación.

Y es que es verdad, el apellido Ruiz Oria siempre ha estado vinculado a la iluminación. Bueno, no siempre, desde mediados del siglo XVI, cuando los vascos dominábamos la caza de estos cetáceos y rozábamos el monopolio mundial en el suministro de su aceite, una especie de petróleo de la época; muy demandado también para hacer jabones e incluso medicinas.

Habíamos perfeccionado de tal manera la caza, que los balleneros vascos éramos famosos, los líderes indiscutibles de este tipo de caza en el mundo, y venían a aprender de nosotros.

 

Nuestra técnica era la más provechosa. Oteábamos la mar desde atalayas y, cuando el vigía avistaba ballenas, salíamos en ágiles chalupas tras ellas. Después del primer arponazo esperábamos a que emergiera de nuevo para asestarle otro. El animal se iba debilitando. Cuando sacaba de nuevo el cuerpo, desde la chalupa la asaeteábamos con las lanzas sangraderas. El mar se enrojecía todo alrededor. Tras un par de horas de lucha, la ballena moría. He escuchado y contado tantas veces la técnica, que ya la cuento en primera persona, como si hubiese estado allí. Pero no podría, me horroriza hacer sufrir a una animal y, más aún, a un maravilloso cetáceo.

 

 

Por lo que me han contado, mi familia siempre estuvo ahí, en los balleneros. Cuando empezaron a escasear los cetáceos de la costa vasca y se movieron hacia Asturias y Galicia, también estuvimos ahí. Y cuando cruzaron el Atlántico para afincarse temporalmente en Canadá, el apellido Ruiz Oria seguía escuchándose a bordo.

La demanda de aceite de ballena era tal, que el trabajo nunca faltaba. Estos cetáceos eran como el cerdo, se aprovechaba todo. El aceite para iluminar las casas. En realidad no es aceite, es un tipo de cera líquida que, al arder, no desprende humo ni mal olor. También se usaba en la elaboración de medicamentos, para hacer jabón, etc. La carne era muy preciada tanto en Canadá como en el centro y norte de Europa. Y los huesos se usaban mucho en la construcción y la elaboración de muebles.

Tanto cazábamos, y tan bien lo hacíamos, que ingleses y holandeses aprendieron nuestras técnicas y, con el comienzo del uso de la pólvora para el lanzamiento de arpones, empezaron a desplazar nuestro dominio. Pero seguíamos estando ahí, en buques de otra bandera, hablando diferentes idiomas, pero nuestro apellido todavía se escuchaba en las cubiertas de los balleneros.

Pero en al segunda mitad del siglo XIX la cosa empezó a cambiar. Un tal Pineo (Abraham Gesner Pineo), un canadiense, comenzó a mover un nuevo material que servía para iluminar las casas y que costaba menos, tanto su producción como, obviamente, su uso. Se trataba del queroseno. Un liquido inflamable que extraían del carbón y, poco después, del petróleo, que hacía lo mismo que el aceite de ballena. A las ballenas les vino muy bien, porque habíamos presionado tanto, las habíamos cazado de tal manera, que empezaban a escasear. Ahora dicen que las habíamos empujado al borde de la extinción. Pero este líquido, este queroseno, parece que las iba a salvar.

Y así fue. Su comercialización y uso se generalizo rápidamente y cada vez se demandaba menos el aceite de ballena. Hasta que, a finales de siglo, Martitz, el archiconocido en la familia Ruiz Oria, participó en la caza de la última ballena por parte de su compañía.

A partir de ahí la iluminación de las casas se hizo mucho más accesible para las familias, incluso para las menos pudientes. El petróleo y el queroseno estaban cambiando radicalmente lo que veíamos. Los carros empujados por motores de explosión habían sustituido a los tirados por caballos que, paradójicamente, no se extinguieron al dejar de darles ese uso, como se pensaba en su momento.

 

Fue en esa época, a finales del siglo XIX cuando se dio otro paso de gigante en la iluminación de las casas. Edison, el estadounidense Thomas Alva Edison, fabricó la primera lámpara incandescente, que podría dar luz con el paso de electricidad.

 

 

¡La electricidad! Siempre estuvo ahí, pero casi no le prestábamos atención. Hasta que empezó a iluminar nuestras casas y ciudades, a hacer funcionar nuestras máquinas, a facilitarnos la vida. ¿Pero a qué precio?

 

Como no podía ser de otra manera, los Ruiz Oria, al abandonar la caza de ballenas, se tuvieron que reinventar y, muchos de ellos siguieron estando vinculados a la iluminación, primero en la producción y distribución de queroseno y, más adelante, en las centrales eléctricas que llevan décadas quemando carbón y derivados del petróleo para generar la ingente cantidad de electricidad que demandamos.

 

Y de esto va esta historia: de cómo hemos dejado de perseguir hasta la extinción a las ballenas para, en un siglo, envenenar de tal manera la atmósfera que ya estamos empezando a pensar en nuestra propia extinción.

 

A mi generación nos han explicado desde la escuela, todo eso del aumento del efecto invernadero, del calentamiento global, etc. Somos bastante conscientes de ello. Pero nos cuesta dar el paso para ayudar a mejorar el mundo. Tenemos que confesarlo, somos eléctrico-dependientes y la enorme cantidad de electricidad que usamos diariamente tiene que tener una mejor producción. Más limpia, menos contaminante. Por eso las peleas en la familia, porque he decidido cambiar la electricidad de mi casa y hacerla autosuficiente, para no seguir envenenando el planeta. Este tipo de cambios no se llevan bien en la familia, principalmente porque nuestro apellido ha estado ahí presente desde el principio, incluso en el auge de la electricidad, pero ya no lo está. No estamos presentes en la generación de energías renovables, ni en nada por el estilo. Es un cambio de época que no está sentando bien. Pero es necesario.

No ven que este cambio en la producción de electricidad es absolutamente necesario. Y, oye, es el momento de que el apellido Ruiz Oria vuelva a estar vinculado a la iluminación de las casas, ¿no? Aunque sea a nivel autoconsumo. ¡Claro! Esta es la forma de que en la familia abracen este cambio.

 

Hola, soy Ekaitza, Ekaitza Ruiz Oria, y he vuelto a poner mi apellido en contacto con la iluminación de las casas. Soy autosconsumidora y, con vuestra ayuda, vamos a arreglar este planeta.

 


 

Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVelectricidad
 
 

Blog de Marcos Ruisaba

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