Corría el Año del señor de 1577  y yacía en una ensangrentada cama del Hospital de la Corte. Empezaba a recordar. Había tenido un altercado con unos bribones y me habían acuchillado por la espalda.

Malditos cobardes.

 

 

No sé de dónde salió ese tercero que me apuñaló, pero sus dos compañeros no iban a tener arreglo en mucho tiempo, eso si no seguían tirados desangrados en aquel callejón donde me atacaron.

No es que vaya buscando problemas por ahí, pero desde que terminaron las revueltas de los moriscos en Granada, hace ya siete años, me sale el genio fácil. Será el soldado que tengo dentro.

Hace un par de años la mar me lo calmaba. La brisa marina, el salitre en la boca, el horizonte de diferentes tonos de azul, solo azul, el balanceo de la nave, los quejidos de la madera luchando contra la mar… Todo ello conseguía adormecer mi genio. Navegaba escoltando los mercantes del Rey Felipe II por las rutas del Pacífico, pero eso se terminó a principios de este año. El maldito corsario Francisco Draque había recibido órdenes de la reina Isabel I de Inglaterra de obstaculizar nuestro comercio en esos mares. Y vaya si lo hizo.

 

 

En tierra de nuevo, conseguí servir en la Guardia Real de Su Majestad Felipe II. Pero tan lejos de la mar necesito algo que me calme.

       

      - Soldado Rodrigo, veo que está mejor, no para de quejarse y farfullar. Eso es que se van equilibrando sus humores.

       - Sí… Bueno… El dolor es soportable. Espere doctor, yo le conozco, ¿verdad? Su cara me resulta familiar, su voz…

      - ¡Claro compañero Rodrigo! ¿No recuerda? ¡Nos conocimos batallando con los moriscos en Granada! ¡Compañeros de armas! Tiempo ha, pero una energía como la suya no se olvida con facilidad.

      - Ces… Cespid… ¿Céspedes? ¿Es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Está herido también?

      - No, querido Rodrigo, le he cosido esa herida tan fea que traía en la espalda y le he salvado la vida.

      - ¿Me ha cosido? ¿Y cómo es eso? ¿tanto ha cambiado en estos años que ha pasado de abrir tajos en el enemigo a coser los de los amigos?

      - ¡Jajaja! ¡Exactamente Rodrigo! Cuando se recupere un poco más, antes de volver al servicio, venga a casa y nos contamos.

      - ¡Gracias por la invitación!

      - Por cierto, le hacía navegando todavía.

      - Naaaaaaaaa. Eso ya se acabó. Ese maldito Draque nos puso en jaque y decidí volver a tierra porque la mar ya no me calmaba.

      - Rodrigo y su búsqueda de la calma. Le recuerdo bien, amigo.

      - Y yo a vos.

 

No lo podía creer ¡Vaya coincidencia! ¡Céspedes me ha salvado la vida! ¡El bueno de Eleno de Céspedes! Siempre le tuve por un personaje peculiar, de cuerpo pequeño y flaco, cuidadoso en sus movimientos, hasta frágil… esa forma grácil y mortífera de manejar la espada. Y en la batalla guerreaba como el que más. La de vueltas que da la vida. ¿Cirujano? ¡Madre del Amor Hermoso!

 

 

 

El verano pasó de largo, como si el resto de los humanos no le interesasen en absoluto. Llegó el otoño a Madrid y se quedó con su viento frío y su paleta de ocres.

 

      - Eleno ¿Estás seguro? Hace mucho tiempo que no le ves, a lo mejor ya no le conoces.

      - Tranquila María. Fuimos compañeros en el campo de batalla, eso nos hace hermanos, más que hermanos. Mi vida dependía en parte de él, y la suya de mí. Eso forja amistades férreas. No habrá ningún problema.

      - Ya, pero me preocupa. Nuestro compromiso está en el punto de mira de tus compañeros y de gente que ni siquiera nos conoce.

      - María. Rodrigo no nos juzgará.

      - ¿Pero sabe lo tuyo?

      - ¿Qué mío? Siempre me conoció como Céspedes, fiel compañero en el ocio y gran guerrero en la batalla. De verdad María, deja de preocuparte.

 

 

Mientras cocinaban y preparaban la visita, María y Eleno siguieron hablando al respecto. Por fin llegó Rodrigo.

 

      - ¡Bienvenido Rodrigo!

      - Gracias por la invitación Céspedes. Usted debe ser María. Muchas gracias por recibirme.

      - Cualquier amigo de mi futuro marido es mi amigo. Siempre que lo sea de verdad.

      - ¡María! Disculpe a mi comprometida Rodrigo, no son buenos tiempos. Siéntate que te cuento ¿Un vinito?

 

      La cena fue larga y animada. Contaron anécdotas del campo de batalla, los problemas que tuvo Rodrigo con Draque en el Pacífico, lo importante que se había vuelto Eleno en el Hospital de la Corte y cómo gozaba de  la confianza del Rey…

 

      - Rodrigo, tú me conoces desde hace tiempo.

      - Claro Céspedes, hemos vivido mucho juntos.

      - ¿Tú ves problemático que María y yo nos casemos?

      - ¿Yo? ¿Y por qué debería de ser un problema?

      - Porque, Rodrigo, tú sabes…

      - Lo sé Céspedes. No veo que sea un problema en absoluto. Si se quieren está todo dicho.

      - Pues hay mucha gente que no lo ve igual. Me están poniendo problemas hasta en el hospital. ¡Llevo siete años como cirujano allí! ¡Siete años! Y, desde que anunciamos nuestro compromiso, me amenazaron con echarme por intrusismo ¡Intrusismo!

      - ¿Intrusismo?

      - Sí ¿te lo puedes creer? Pero no les iba a dar ese gusto. Marché a Cuenca y, después de unos cuantos exámenes, conseguí la licencia de cirugía del Protomedicato.

      - Espera ¿tienes licencia? ¿oficial? Entonces podrías ser la primera…

 

Eleno miró hacia la ventana preocupado.

 

      - ¿La primera persona que se ha visto en una situación así? Puede ser.

      - No te preocupes compañero. Siempre has plantado batalla y has ganado. Esta vez no será diferente. ¡Eres Eleno de Céspedes! ¡Todavía hay gente que tiembla al escuchar ese nombre!

      - Gracias Rodrigo, siempre me has comprendido.

      - Y siempre te he conocido.

      - Sí.

      - Conocido de verdad.

 

Por fin, Eleno de Céspedes y María del Caño pudieron casarse sin mayores problemas. Aunque quedaron ”amigos” y vecinos que seguían mirándoles con desaprobación y que seguían cuchicheando a sus espaldas.

 

Pero no les importaba, estaban juntos, se querían. Y Eleno tenía su título oficial de cirujana (así constaba en las actas del Santo Oficio). Se convirtió así en la primera mujer en conseguir esa licencia oficial en España (y, probablemente, en toda Europa).

 

 

 

 

Eleno de Céspedes nació alrededor del año 1546 en Alhama de Granada, siendo Elena de Céspedes. Mulata, hija de madre mora y de su señor, decidió adoptar el nombre de la esposa de su padre.

Tenía dieciséis años cuando fue casada a un albañil de Jaén, Cristóbal de Lombardo, quien la abandonó a los pocos meses, no sin antes dejarla embarazada de un niño, llamado también Cristóbal, al que dejaría en manos de un panadero de Sevilla y del que no volvería a saber de él.

Sola, sin marido, sin padres, Elena marchó a vivir a Granada poco antes de las revueltas de los moriscos, donde se alistó en la Compañía de Don Luis Ponce de León para marchar a la guerra como soldado. Ya entonces inició su vida como hombre y se hacía llamar Céspedes.

Terminada la guerra, en 1570, Céspedes ejerció como sastre en varios lugares de la geografía española hasta que terminó instalándose en Madrid. Corría el año 1575 y Céspedes tenía unos treinta años de edad.

En Madrid conoció a un cirujano con el que entabló amistad y le empezó a enseñar el arte de coser y curar enfermos. Empezó a trabajar en un hospital de la Corte hasta que su fama llegó a oídos del rey Felipe II.

A pesar de que durante mucho tiempo, las personas que le conocían aceptaron que Céspedes era hombre y mujer a la vez, el hecho que de se casara con otra mujer , María del Caño, no fue visto con buenos ojos por algunos.

Así, Céspedes cayó en manos del Santo Oficio. Al final de un duro proceso solamente fue condenado a doscientos azotes, de los cuales no se tiene constancia que fueran efectuados, y a servir durante veinte años en centros hospitalarios.

Lo curioso del caso de Elena de Céspedes es que vivió durante prácticamente toda su vida como un ser indeterminado. Al parecer nació con atributos tanto de hombre como de mujer siendo este último el sexo con el que sus padres decidieron criarla. Pasado el tiempo ella decidiría vivir como hombre, algo que algunos médicos dictaminaron que así era. Hasta que se quiso casar por la Iglesia y le llovieron los problemas. No está claro qué fue en verdad Elena, si hermafrodita, homosexual, travestido o simplemente un hombre atrapado en un cuerpo de mujer. Lo que sí que es cierto es que Elena de Céspedes fue la primera mujer en conseguir la licencia oficial de cirujana en España.

 


 

Esta entrada participa en el blog de narrativa científica Café Hypatia con el tema #PVMujerEnCiencia
 
 

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